Antes de aprender a cuidar equipos, tuve que aprender a comprender a las personas

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Hay preguntas que nos acompañan desde la infancia y que, sin darnos cuenta, terminan orientando toda una vida.

Las mías comenzaron mucho antes de ingresar a la universidad. Mientras otros niños se preguntaban qué querían ser cuando grandes, yo intentaba comprender por qué las personas actuaban como lo hacían. Quería entender por qué existían las adicciones, el maltrato, la violencia, el abuso y el daño emocional. Pero, sobre todo, quería comprender a mis propios padres.

Recuerdo preguntarme una y otra vez por qué nuestra familia parecía repetir historias de sufrimiento. ¿Por qué algunas personas parecían incapaces de salir de ciertos patrones? ¿Era posible cambiar? ¿Era posible sanar? Sin saberlo, esas preguntas fueron sembrando en mí una profunda curiosidad por el comportamiento humano.

En 2006 ingresé a la universidad para estudiar Bachillerato en Humanidades. Mi intención era continuar posteriormente con Psicología, pero el bachillerato amplió mi mirada sobre el mundo. Me permitió descubrir distintas formas de comprender la realidad antes de especializarme. Finalmente, en 2009 ingresé a la carrera de Psicología con la convicción de que ese era el camino que quería recorrer.

Sin embargo, estudiar nunca fue mi única responsabilidad.

Como muchas personas, tuve que trabajar para poder continuar mis estudios.

Fui vendedora. Realicé encuestas de flujo vehicular para DICTUC. Participé en evaluaciones de nivelación para la Editorial Zig-Zag. Trabajé en el Museo Interactivo Mirador (MIM). Repartí volantes. Fui empaquetadora en supermercados, dependiendo de las propinas para completar mis ingresos.

Cada uno de esos trabajos me permitió observar algo distinto sobre las organizaciones y las personas.

Conocí jefaturas inspiradoras, capaces de sacar lo mejor de un equipo.

Pero también conocí organizaciones donde el abuso de poder era cotidiano; lugares donde se pagaba menos de lo acordado, donde el respeto era escaso y donde el miedo parecía formar parte de la cultura laboral.

En ese momento aún no lo sabía, pero esas experiencias se convertirían, años más tarde, en una de las bases de mi trabajo con equipos.

Aprendí que el bienestar de las personas no depende únicamente de su fortaleza individual. También depende profundamente del contexto en el que trabajan, de la calidad de sus relaciones y del liderazgo que reciben.

Con el paso de los años, ayudar a las personas dejó de ser solamente una motivación. Se transformó en un propósito.

Sin embargo, ese propósito también me enfrentó a uno de los aprendizajes más importantes de mi vida profesional.

Comprendí que ayudar no significa estar siempre disponible.

Durante mucho tiempo confundí compromiso con sobreinvolucramiento. Creía que un buen profesional debía responder a toda hora, sostener todas las emociones y resolver cada dificultad que apareciera. Con el tiempo entendí que esa forma de ayudar terminaba generando relaciones de dependencia y agotamiento.

Aprender a poner límites fue, probablemente, uno de los mayores actos de cuidado, tanto para mí como para las personas que acompañaba.

Hoy entiendo que las relaciones saludables —personales, terapéuticas y laborales— se construyen desde la reciprocidad. Cuidar también significa permitir que el otro desarrolle sus propios recursos.

Esa mirada ha acompañado toda mi práctica clínica.

Durante años he tenido el privilegio de acompañar a personas en momentos profundamente difíciles de sus vidas. Cada proceso terapéutico me ha enseñado algo distinto sobre el sufrimiento humano, la resiliencia y la capacidad de reconstruirse.

He aprendido que el cambio rara vez ocurre de manera inmediata. Se va construyendo conversación tras conversación, sesión tras sesión, desde un vínculo seguro, consistente y respetuoso.

En algunos casos ese acompañamiento ha significado videollamadas fuera del horario habitual, mensajes de apoyo, seguimiento cercano y muchas páginas escritas entre sesiones. No porque exista una fórmula única, sino porque cada persona necesita una forma distinta de sentirse acompañada.

Curiosamente, muchas de las herramientas que enseño a mis pacientes, equipos y organizaciones también han sido las herramientas que me han permitido atravesar mis propias crisis personales y de salud, como la escritura y el mindfulness.

Nunca he creído en enseñar aquello que uno no está dispuesto a practicar.

Quizá por eso sigo estudiando.

No porque piense que ya no sé lo suficiente, sino porque estoy convencida de que el aprendizaje permanente es una forma de respeto hacia quienes depositan su confianza en mí.

Cada nuevo conocimiento amplía mi capacidad para comprender mejor a las personas y construir intervenciones más útiles.

Con los años descubrí que ninguna persona existe de manera aislada. Somos parte de familias, equipos, organizaciones y comunidades. Somos sistemas que influyen unos sobre otros.

Y cuando comprendemos esa interdependencia, dejamos de buscar culpables para comenzar a construir soluciones compartidas.

Ese principio ha guiado tanto mi trabajo clínico como mi labor en organizaciones.

Hoy no creo que existan personas difíciles.

Creo que existen sistemas que, muchas veces sin darse cuenta, dejan de cuidar a quienes los conforman.

Y también creo profundamente que cuando una organización aprende a cuidar a sus equipos, esos equipos desarrollan la capacidad de cuidar mejor a las personas.

Ese es el propósito actual.

No entregar recetas. Sino compartir aprendizajes, herramientas y experiencias que he ido construyendo junto a cientos de personas, pacientes, equipos y organizaciones.

Porque estoy convencida de que los mejores resultados nacen allí donde las personas se sienten seguras, valoradas y escuchadas.

Y porque sigo creyendo, como aquella niña que intentaba comprender el mundo, que entender a las personas es el primer paso para transformarlo.

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