Aprendí a escuchar, antes de aprender Psicología

Hay personas que descubren su vocación en la universidad. Yo la descubrí mucho antes. La descubrí en el silencio.

Crecí en una familia donde los adultos tenían la autoridad y las opiniones de los niños rara vez ocupaban un lugar importante. Como ocurre en muchas familias de mi generación, aprendí pronto que hablar no siempre era una opción.

Así, casi sin darme cuenta, el silencio se convirtió en mi primer maestro. Mientras otros aprendían a expresar lo que sentían, yo aprendía a observar. Observaba los cambios en el tono de voz, los gestos, las miradas, los silencios incómodos, aquello que nadie decía, pero todos parecían sentir. Con el tiempo comprendí que las personas hablan mucho antes de pronunciar una palabra. Quizá por eso hoy, en mi trabajo clínico, muchas veces escucho aquello que aún no ha sido dicho.

Recuerdo una escena de mi infancia que todavía permanece muy viva. Una compañera de escuela estaba siendo tratada injustamente por un profesor. La situación comenzó a escalar y sentí que podía terminar en una agresión.

No recuerdo haber pensado demasiado. Simplemente me puse de pie. Lo miré y le dije:

—«Si le hace algo, lo voy a denunciar.»

Hoy, al recordar esa escena, comprendo que ese momento no hablaba solamente de valentía, hablaba de justicia. Desde muy pequeña me resultó imposible permanecer indiferente cuando veía que alguien era tratado con abuso o desigualdad.

Con el tiempo, descubrí que esa misma necesidad de proteger la dignidad de las personas sería una de las bases de mi trabajo como psicóloga y consultora.

Otra conversación marcó profundamente mi historia. Fue el día en que mi hermana dejó la casa. Hasta entonces nunca había pensado que las familias también cambian. Que los roles cambian, que las personas crecen. Y que amar a alguien también significa permitirle construir la vida que desea.

Cuando ella se fue, yo pasé a ser la hermana mayor. Ese cambio me enseñó que el amor no consiste en retener. Consiste en acompañar. Y esa idea también terminó llegando a mi forma de ejercer la clínica. Los terapeutas no caminamos por las personas. caminamos junto a ellas durante un tramo de su historia.

Muchas personas me preguntan quién creyó en mí. Y la verdad es que no puedo nombrar solamente a una. Afortunadamente fueron muchas: profesores, entrenadores, amigos, adultos que supieron ver capacidades que yo todavía no reconocía. Cada uno aportó algo distinto.

Mirando hacia atrás, comprendo que una sola persona puede cambiar la historia de otra simplemente porque decide confiar en ella, esa es una responsabilidad enorme y también un privilegio. Hoy intento hacer lo mismo con las personas que acompaño.

Desde muy pequeña descubrí que escuchar producía algo extraordinario, las personas terminaban una conversación más liviana que cuando la habían comenzado. No porque yo tuviera respuestas, sino porque, por un momento, alguien había sostenido su historia, curiosamente, esa necesidad también era mía.

Había muchas preguntas para las que nadie parecía tener respuesta:

  • ¿Por qué las personas sufrían?
  • ¿Por qué se hacían daño?
  • ¿Por qué algunas familias repetían las mismas historias una y otra vez?

Como no encontraba respuestas, busqué refugio en los libros, leía, pintaba, construía manualidades, escribía. Sin saberlo, estaba desarrollando las herramientas que más tarde se convertiría en una de las bases de mi trabajo profesional: la capacidad de detenerme, observar y pensar antes de actuar.

Con el paso del tiempo, comprendí que cuidar es mucho más que proteger. Cuidar es reconocer que existe otro, es aprender un lenguaje que muchas veces no necesita palabras.

Cuidamos cuando escuchamos, cuando ponemos límites, cuando cocinamos para alguien, cuando acompañamos un duelo en silencio, cuando abrazamos, cuando respetamos un «no», cuando permanecemos presentes sin intentar resolverlo todo. Cuidar también es permitir que el otro encuentre sus propias respuestas. Por eso nunca he entendido el cuidado como una acción heroica. lo entiendo como una forma cotidiana de estar disponibles para el otro sin dejar de estar disponibles para nosotros mismos.

He vivido pérdidas importantes, he perdido personas profundamente significativas, he perdido trabajos debido a situaciones injustas y también me he perdido a mí misma.

Quizá esa última ha sido la pérdida más difícil de reconocer sucede cuando dejamos de escucharnos.

  • Cuando el trabajo ocupa todo el espacio.
  • Cuando olvidamos descansar.
  • Cuando dejamos de preguntarnos cómo estamos.

Sin embargo, incluso en esos momentos hubo algo que nunca perdí, mi capacidad de asombro, mi sentido de justicia y la convicción de que siempre es posible volver a encontrarse.

¿Y cómo vuelvo a encontrarme?

Escribiendo:

  • Escribo para vaciar.
  • Escribo para comprender.
  • Escribo para ordenar emociones.
  • Escribo para mapear ideas.
  • Escribo para tomar decisiones.
  • Escribo mis sueños.

Cada palabra se convierte en un puente entre quien fui, quien soy y la persona que todavía estoy aprendiendo a ser.

Porque antes de acompañar a otros a encontrar sentido, primero tuve que aprender a encontrar el mío.

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